En Italia, durante el año 1530, los Genoveces, celosos de la prosperidad material y espiritual de la ciudad de Savona, la atacan desterrando a sus mejores hombres y demoliendo gran parte de la ciudad. Los savoneses pusieron toda su confianza en la Santísima Virgen, implorando su maternal protección.

De esta forma, el 18 de marzo de 1536, la Virgen María se le apareció a un sencillo labrador llamado Antonio Botta, quien bajaba a la mañana temprano a lavarse las manos en el arroyuelo. En ese momento oyó una voz que le decía: “Vamos, levántate y no temas”. Se levantó y vio un gran resplandor y a una señora que le dijo estas otras palabras: “Ve a tu confesor y dile que anuncie al pueblo, en la Iglesia, que ayune por tres sábados, y que haga, por tres días la procesión en honor de Dios y de su madre; tu luego, te confesarás y comulgarás y el cuarto sábado volverás a este lugar”. Mientras, la señora, pronunciaba estas palabras, Antonio oyó que por el camino pasaban unos arrieros y temiendo que lo viesen, quiso esconderse, pero ella le dijo: “No temas, puesto que no nos podrán ver”. Y dicho esto desapareció.

Antonio se apresuró a presentarse ante su sacerdote y le narró con lágrimas en los ojos el acontecimiento. Fue tan sincero en su relato que el párroco no dudó y se dirigió a Savona para informar a las autoridades. Ese día fue llamado y su simplicidad hizo que se tomara su relato como verdadero.

Cuando llegó el cuarto sábado, 8 de abril, obediente a lo que le dijera la  Virgen María, Antonio se dirigió al lugar designado por ella. Cuenta Antonio que cuando estaba rezando, bajó del cielo un resplandor más grande que el anterior y lo envolvió de tal modo que le impidió ver los montes que lo rodeaban, claramente vio a una señora con blancas vestiduras que extendiendo su mano le decía: “Ve a los de Savona que para asegurarse de las cosas que yo te mandé a decir el otro día te mandaron preguntarme, diles que anuncien al pueblo que ayune por  tres sábados y que hagan tres días procesión, y exhorten a todo el pueblo a enmendarse de su mala vida porque mi divino hijo está muy enojado contra el mundo por las maldades que reinan en Él y si no hacen esto su vida será corta”. Antonio le respondió: “Dame una señal para que me crean”.

María le dijo: “Yo ya les di un señal interior aquella tarde en que fuiste llamado delante de ellos, te creerán sin necesidad de pruebas”. Y al terminar de decir esto levantó los ojos y las manos al cielo, dio tres veces la bendición sobre el arroyuelo, repitiendo siempre: “MISERICORDIA QUIERO Y NO CASTIGO”.

Todos le creyeron sin necesidad de pruebas. María apareció coronada como REINA Y MADRE DE MISERICORDIA. La noticia conmovió a toda la ciudad, el pueblo no paraba de dar gracias y el domingo siguiente, que era domingo de ramos, se anunció la aparición y se recomendó a todos que hicieran lo que la Virgen había pedido en prueba de fe y amor filial.

El 12 de abril de 1538 se promulgó un decreto para que se construya un oratorio en el lugar de las apariciones.

El 10 de mayo de 1815, el papa Pío VII hizo la solemne coronación de la imagen que había sido despojada de su corona por los invasores.